
David y la honda
El joven David practica con su honda todos los días usando piedras del arroyo, sin saber que se está preparando para el momento más grande de su vida
Muestra cómo la práctica diaria da sus frutos
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Cada mañana, el joven David observaba a sus ovejas pastar en el tranquilo valle. El sol brillaba cálidamente sobre las verdes colinas.
Junto al arroyo burbujeante, David buscaba las piedras más lisas y redondas para guardarlas en su bolsa.
Colocó una piedrecilla en su honda de cuero y la hizo girar en lo alto. Sonrió cuando esta golpeó el tronco de un árbol lejano con un chasquido satisfactorio.
De repente, una sombra oscura cayó sobre las colinas apacibles mientras un lobo salvaje descendía sigilosamente desde las montañas rocosas.
Las ovejas aterrorizadas se dispersaron en todas direcciones. Un pequeño cordero permaneció paralizado mientras el lobo hambriento se acercaba.
El corazón de David latía con fuerza, pero sabía que debía ser valiente. Metió la mano en su zurrón y sacó una piedra lisa.
Colocó la piedra en la cavidad de cuero de su honda y respiró hondo, estabilizando las manos.
David hacía girar la honda sobre su cabeza describiendo círculos firmes y seguros, tal como había practicado tantas veces.
Con un movimiento rápido y seco, soltó la cuerda. La piedra salió disparada por el aire, dirigiéndose directamente hacia el lobo.
La piedra golpeó una roca justo delante del lobo con un fuerte chasquido. Sobresaltada por el ruido, la bestia se dio la vuelta y huyó hacia las colinas.
Una vez que el lobo se hubo marchado, el diminuto cordero trotó de vuelta hacia David y le dio un suave empujoncito en la mano con el hocico. Él se arrodilló para abrazar a su pequeño amigo, ya a salvo.
David sonrió al ver su honda. Su tranquila práctica diaria lo había convertido en un valiente protector, listo para cualquier gran aventura.
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