Las habitaciones vacías

Las habitaciones vacías

Un niño se despide de la casa donde creció y aprende que un hogar son las personas, no las paredes.

Ayuda con las mudanzas y las despedidas

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El cuento

Riley avanzaba en su silla de ruedas por el pasillo silencioso, tocando los familiares marcos de madera de las puertas. Hoy, las paredes estaban desnudas.

A través de la ventana, un enorme camión de mudanzas amarillo estaba aparcado en la entrada, completamente cargado y listo para el largo viaje.

Los padres de Riley llamaron desde la puerta de entrada. Había llegado el momento de despedirse, pero un nudo pesado le oprimía la garganta.

Riley entró rodando en su dormitorio vacío. Sin las alfombras coloridas ni los juguetes, la habitación resonaba con un sonido extraño y hueco.

Riley cerró los ojos. En la habitación silenciosa, aún podía oír el sonido tenue y alegre de las risas de su familia.

En el marco de la puerta de la cocina, unas tenues marcas de lápiz mostraban cuánto había crecido Riley a lo largo de los años.

Riley rodó hasta el centro de la sala vacía, donde una luz solar intensa se derramaba sobre las tablas desnudas del suelo.

Una sola lágrima se deslizó por la mejilla de Riley al darse cuenta de que aquella sería la última vez que se sentarían en esa habitación.

De repente, la familia de Riley irrumpió en la habitación silenciosa y los envolvió en un abrazo enorme, cálido y reconfortante.

En aquel cálido abrazo, Riley se dio cuenta de que el hogar no estaba hecho de madera y clavos. Estaba hecho de las personas que le querían.

La puerta principal estaba abierta de par en par, dándoles la bienvenida a la brillante luz del sol de un día nuevo.

Riley se despidió alegremente de la casa. Sabía que el hogar no estaba hecho de paredes, sino de la familia que le quería.

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